El viernes en Misano tenía reservado un momento histórico. Por primera vez, una Yamaha de MotoGP con motor en V4 se dejó ver en pista. El encargado de estrenarla fue Augusto Fernández, probador recién renovado hasta 2027, que se vistió de wildcard para dar las primeras vueltas de la M1 más revolucionaria en dos décadas.
El estreno dejó una sensación ambivalente. La moto mostró velocidad desde el primer giro, suficiente incluso para situar a Fernández por momentos dentro del Top 10 con un 1:32.537. Era la confirmación de que Yamaha, después de años de rezago frente a Ducati, KTM y Aprilia, podía por fin ofrecer un propulsor competitivo en la recta. Al mismo tiempo, la fragilidad técnica se hizo evidente: mediada la sesión, la V4 se quedó sin respuesta y Augusto tuvo que aparcarla en la escapatoria, imagen que rápidamente dio la vuelta al paddock.
Que un prototipo falle en su primer examen no es noticia en sí misma, pero sí lo es la combinación de lo que dejó ver: una moto capaz de estar en ritmo en su primera salida y, a la vez, todavía inmadura para resistir sin sobresaltos. La fiabilidad será ahora el centro del trabajo en Iwata.
La historia del día no terminó con esa avería. Yamaha tenía lista una segunda unidad, también con motor V4, y Fernández pudo volver a pista para completar la tanda. No mejoró su tiempo, pero cerró la jornada 21º, delante de dos Honda, señal de que incluso en su debut, la M1 V4 ya ofrecía argumentos de peso.